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Discurso del presidente Lula en la apertura de la 79ª Asamblea General de la ONU, en Nueva York

- ONU
Foto: Ricardo Stuckert / PR
Transcripción del discurso del presidente Luiz Inácio Lula da Silva en la apertura de la 79ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, Estados Unidos, el 24 de septiembre de 2024
(Traducción no oficial)
Mis saludos al presidente de la Asamblea General, Philemon Yang.
Y también al secretario general António Guterres y a cada uno de los jefes de Estado y de Gobierno, así como a las delegadas y delegados presentes.
Me dirijo en particular a la delegación palestina, que participa por primera vez en esta sesión de apertura, aunque aún en calidad de miembro observador. Y quiero saludar la presencia del presidente Mahmmoud Abbas.
Señoras y señores,
Anteayer adoptamos, aquí en este mismo plenario, el Pacto para el Futuro.
Lo costoso de su aprobación demuestra el debilitamiento de nuestra capacidad colectiva de negociación y diálogo.
Su limitado alcance también expresa la paradoja de nuestro tiempo: caminamos en círculos entre compromisos posibles que conducen a resultados insuficientes.
Ni siquiera con la tragedia de la COVID-19 fuimos capaces de unirnos en torno a un Tratado sobre Pandemias en la Organización Mundial de la Salud.
Necesitamos ir mucho más allá y dotar a la ONU de los medios necesarios para enfrentar los vertiginosos cambios del panorama internacional.
Vivimos un momento de crecientes angustias, frustraciones, tensiones y miedo.
Estamos presenciando una alarmante escalada de disputas geopolíticas y rivalidades estratégicas.
El año 2023 ostenta el triste récord del mayor número de conflictos desde la Segunda Guerra Mundial.
El gasto militar global ha crecido por noveno año consecutivo y ha alcanzado los 2,4 billones de dólares.
Se han movilizado en arsenales nucleares más de 90 mil millones de dólares.
Estos recursos podrían haberse utilizado para combatir el hambre y enfrentar el cambio climático.
Lo que se observa es el aumento de las capacidades bélicas.
El uso de la fuerza, sin el amparo en el Derecho Internacional, se está convirtiendo en regla.
Estamos presenciando dos conflictos simultáneos con el potencial de convertirse en enfrentamientos generalizados.
En Ucrania, lamentamos que la guerra se prolongue sin perspectivas de paz.
Brasil condenó de manera firme la invasión del territorio ucraniano.
Ya está claro que ninguna de las partes logrará alcanzar todos sus objetivos por la vía militar.
El uso de armamentos cada vez más destructivos trae a la memoria los tiempos más oscuros del estéril enfrentamiento de la Guerra Fría.
Crear condiciones para la reanudación del diálogo directo entre las partes es crucial en este momento.
Ese es el mensaje del entendimiento de seis puntos que China y Brasil ofrecen para iniciar un proceso de diálogo y poner fin a las hostilidades.
En Gaza y Cisjordania, estamos presenciando una de las mayores crisis humanitarias de la historia reciente, y que ahora se expande peligrosamente hacia el Líbano.
Lo que comenzó como una acción terrorista de fanáticos contra civiles inocentes en Israel se ha convertido en un castigo colectivo para todo el pueblo palestino.
Son más de 40 mil víctimas fatales, en su mayoría mujeres y niños.
El derecho de defensa se ha transformado en un derecho de venganza, que impide un acuerdo para la liberación de rehenes y retrasa el cese al fuego.
Los conflictos olvidados en Sudán y Yemen imponen un sufrimiento atroz a casi treinta millones de personas.
Este año, el número de personas que necesitarán ayuda humanitaria en el mundo llegará a 300 millones.
En tiempos de creciente polarización, expresiones como “desglobalización” se han vuelto comunes.
Pero es imposible “desplanetarizar” nuestra vida en común.
Estamos condenados a la interdependencia frente al cambio climático.
El planeta ya no espera para rendir cuentas a la siguiente generación y está cansado de acuerdos climáticos no cumplidos.
Está harto de metas de reducción de emisiones de carbono no aplicadas y de la ayuda financiera a los países pobres que nunca llega.
El negacionismo sucumbe ante las evidencias del calentamiento global.
El 2024 se encamina a ser el año más cálido de la historia moderna.
Huracanes en el Caribe, tifones en Asia, sequías e inundaciones en África y lluvias torrenciales en Europa dejan un rastro de muerte y destrucción.
En el sur de Brasil tuvimos la mayor inundación desde 1941.
La Amazonía está atravesando la peor sequía en 45 años.
Los incendios forestales se han extendido por todo el país y ya han devorado 5 millones de hectáreas solo en el mes de agosto.
Mi gobierno no delega responsabilidades ni abdica de su soberanía.
Ya hemos hecho mucho, pero sabemos que es necesario hacer más.
Además de enfrentar el desafío de la crisis climática, luchamos contra quienes se benefician de la degradación ambiental.
No transigiremos con delitos ambientales, con la minería ilegal y con el crimen organizado.
Hemos reducido la deforestación en la Amazonía en un 50% en el último año y la erradicaremos para 2030.
Ya no es aceptable pensar en soluciones para los bosques tropicales sin escuchar a los pueblos indígenas, las comunidades tradicionales y todos aquellos que viven en ellos.
Nuestra visión de desarrollo sostenible está cimentada en el potencial de la bioeconomía.
Brasil será sede de la COP-30 en 2025, convencido de que el multilateralismo es el único camino para superar la urgencia climática.
Este año presentaremos Nuestra Contribución Nacionalmente Determinada (NDC) alineada con el objetivo de limitar el aumento de la temperatura del planeta a un grado y medio.
Brasil se perfila como un granero de oportunidades en este mundo revolucionado por la transición energética.
Hoy somos uno de los países con la matriz energética más limpia.
El 90% de nuestra electricidad proviene de fuentes renovables como la biomasa, la hidroeléctrica, la solar y la eólica.
Optamos por los biocombustibles hace 50 años, mucho antes de que la discusión sobre energías alternativas cobrara fuerza.
Estamos a la vanguardia en otros nichos importantes como la producción de hidrógeno verde.
Es hora de enfrentar el debate sobre el lento ritmo de la descarbonización del planeta y trabajar por una economía menos dependiente de los combustibles fósiles.
Señor presidente,
En América Latina vivimos desde 2014 una segunda década perdida.
El crecimiento promedio de la región en este período fue de solo el 0,9%, la mitad del registrado en la década perdida de 1980.
Esa combinación de bajo crecimiento y altos niveles de desigualdad resulta en efectos nefastos para el panorama político.
Atrapada en disputas, muchas veces ajenas a la región, nuestra vocación de cooperación y entendimiento se debilita.
Es injustificable mantener a Cuba en una lista unilateral de Estados que supuestamente promueven el terrorismo e imponer medidas coercitivas unilaterales que penalizan indebidamente a las poblaciones más vulnerables.
En Haití, es urgente combinar acciones para restaurar el orden público y promover el desarrollo.
En Brasil, la defensa de la democracia implica una acción permanente ante embestidas extremistas, mesiánicas y totalitarias, que propagan el odio, la intolerancia y el resentimiento.
Las brasileñas y los brasileños seguirán derrotando a quienes intentan socavar las instituciones y ponerlas al servicio de intereses reaccionarios.
La democracia necesita responder a las legítimas aspiraciones de quienes ya no aceptan el hambre, la desigualdad, el desempleo y la violencia.
En el mundo globalizado no tiene sentido recurrir a falsos patriotas y aislacionistas.
Tampoco hay esperanza en recurrir a experiencias ultraliberales que solo agravan las dificultades de un continente empobrecido.
El futuro de nuestra región pasa, sobre todo, por construir un Estado sostenible, eficiente, inclusivo y que enfrente todas las formas de discriminación.
Que no se intimide ante individuos, corporaciones o plataformas digitales que se consideran por encima de la ley.
La libertad es la primera víctima de un mundo sin reglas.
Elementos esenciales de la soberanía incluyen el derecho de legislar, resolver disputas y hacer cumplir las reglas dentro de su territorio, incluido el entorno digital.
El Estado que estamos construyendo es sensible a las necesidades de los más vulnerables sin renunciar a fundamentos macroeconómicos sólidos.
La falsa oposición entre Estado y mercado ha sido dejada atrás por las naciones desarrolladas, que han vuelto a practicar políticas industriales activas y una fuerte regulación de la economía doméstica.
En el área de la Inteligencia Artificial, estamos presenciando la consolidación de asimetrías que conducen a un verdadero oligopolio del conocimiento.
Avanza una concentración sin precedentes en manos de un pequeño número de personas y empresas, con sede en un número aún menor de países.
Nos interesa una Inteligencia Artificial emancipadora, que también tenga el rostro del Sur Global y que fortalezca la diversidad cultural.
Que respete los derechos humanos, proteja los datos personales y promueva la integridad de la información.
Y, sobre todo, que sea una herramienta para la paz, no para la guerra.
Necesitamos una gobernanza intergubernamental de la Inteligencia Artificial, en la que todos los Estados tengan un asiento.
Señor presidente,
Las condiciones de acceso a recursos financieros siguen siendo prohibitivas para la mayoría de los países de renta media y baja.
El peso de la deuda limita el espacio fiscal para invertir en salud y educación, reducir las desigualdades y enfrentar el cambio climático.
Los países de África cogen préstamos a tasas hasta 8 veces mayores que Alemania y 4 veces mayores que Estados Unidos.
Es un Plan Marshall a la inversa, en el que los más pobres financian a los más ricos.
Sin una mayor participación de los países en desarrollo en la dirección del FMI y del Banco Mundial no se conseguirá un cambio efectivo.
Mientras los Objetivos de Desarrollo Sostenible van a la zaga, las 150 mayores empresas del mundo obtuvieron en conjunto unos beneficios de 1,8 billones de dólares en los últimos dos años.
Las fortunas de los cinco principales multimillonarios se han más que duplicado desde principios de esta década, mientras que el 60% de la humanidad se ha empobrecido.
Los superricos pagan proporcionalmente muchos menos impuestos que la clase trabajadora.
Para corregir esta anomalía, Brasil ha insistido en la cooperación internacional para desarrollar estándares impositivos globales mínimos.
Los datos publicados hace dos meses por la FAO sobre el estado de la inseguridad alimentaria en el mundo son estremecedores.
El número de personas que pasan hambre en todo el planeta ha aumentado en más de 152 millones desde 2019.
Esto significa que el 9% de la población mundial (733 millones de personas) está desnutrida.
El problema es especialmente grave en África y Asia, pero también persiste en algunas partes de América Latina.
Las mujeres y las niñas constituyen la mayoría de las personas que enfrentan hambre en el mundo.
Las pandemias, los conflictos armados, los fenómenos climáticos y los subsidios agrícolas de los países ricos amplían el alcance de esta lacra.
Pero el hambre no es sólo el resultado de factores externos. Surge, sobre todo, de decisiones políticas.
Hoy el mundo produce alimentos más que suficientes para erradicarlo.
Lo que queda es crear condiciones para el acceso a los alimentos.
Este es el compromiso más urgente de mi gobierno: acabar con el hambre en Brasil, como lo hicimos en 2014.
Sólo en 2023, sacamos a 24 millones 400 mil personas de la inseguridad alimentaria grave.
La Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza, que lanzaremos en Río de Janeiro en noviembre, nace de esta voluntad política y de este espíritu de solidaridad.
Será uno de los principales resultados de la presidencia brasileña del G20 y está abierto a todos los países del mundo.
Todos los que quieran sumarse a este esfuerzo colectivo son bienvenidos.
Señor Presidente, señoras y señores,
A punto de cumplir 80 años, la Carta de las Naciones Unidas nunca ha sido objeto de una reforma integral.
Sólo se aprobaron cuatro enmiendas, todas ellas entre 1965 y 1973.
La versión actual de la Carta no aborda algunos de los desafíos más apremiantes de la humanidad.
Cuando se fundó la ONU, había 51 países. Hoy somos 193.
Varias naciones, principalmente en el continente africano, estaban bajo dominio colonial y no tenían voz ni voto en sus objetivos ni en su funcionamiento.
No existe equilibrio de género en el ejercicio de las más altas funciones. El cargo de secretario general nunca ha sido ocupado por una mujer.
Estamos llegando al final del primer cuarto del siglo XXI con las Naciones Unidas cada vez más vacías y paralizadas.
Es hora de reaccionar enérgicamente ante esta situación, devolviendo a la Organización las prerrogativas que se derivan de su condición de foro universal.
Los ajustes puntuales no son suficientes.
Necesitamos contemplar una revisión amplia de la Carta.
Su reforma debe incluir los siguientes objetivos:
• la transformación del Consejo Económico y Social en el principal foro para abordar el desarrollo sostenible y luchar contra el cambio climático, con una capacidad real para inspirar a las instituciones financieras.
• la revitalización del papel de la Asamblea General, incluso en cuestiones de paz y seguridad internacionales.
• el fortalecimiento de la Comisión de Consolidación de la Paz.
• la reforma del Consejo de Seguridad, centrándose en su composición, métodos de trabajo y derechos de veto, para hacerlo más eficaz y representativo de las realidades contemporáneas.
La exclusión de América Latina y África de asientos permanentes en el Consejo de Seguridad es un eco inaceptable de las prácticas de dominación del pasado colonial.
Impulsaremos esta discusión de manera transparente en consultas en el G77, G20, BRICS y CELAC, CARICOM, entre muchos otros espacios.
No me hago ilusiones sobre la complejidad de una reforma como ésta, que enfrentará intereses cristalizados en mantener el status quo.
Requerirá un enorme esfuerzo de negociación. Pero esa es nuestra responsabilidad.
No podemos esperar a que llegue otra tragedia global, como la Segunda Guerra Mundial, y sólo entonces construir una nueva gobernanza global sobre sus escombros.
La voluntad de la mayoría puede persuadir a quienes se aferran a las crudas expresiones de los mecanismos del poder.
En este plenario resuenan las aspiraciones de la humanidad.
Aquí celebramos los grandes debates del mundo.
En este foro buscamos respuestas a los problemas que aquejan al planeta.
Corresponde a la Asamblea General, la mayor expresión del multilateralismo, allanar el camino para el futuro.
Muchas gracias.