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Conferencia del Ministro Mauro Vieira en la apertura del XX Encuentro Nacional de Estudiantes de Relaciones Internacionales - Brasilia, 22 de abril 2015
Es un gran honor para mí asistir a este XX Encuentro Nacional de Estudiantes de Relaciones Internacionales (ENERI). Agradezco la distinción que se me hace al ser el primer orador de este ejercicio tan intenso y estimulante de reflexión sobre Brasil y el mundo.
Desde su primera edición en 1996, el ENERI se ha ido consolidado como uno de los eventos más importantes de la agenda académica de relaciones internacionales en Brasil.
El expresivo crecimiento y el aumento de la calidad de ese campo de estudios en el País se deben, en gran parte, a eventos como este, que combinan el intercambio de experiencias y la difusión del conocimiento. La presencia significativa de estudiantes y profesionales del área demuestra su importancia.
El Itamaraty valoriza de manera muy particular su relación con la academia de relaciones internacionales.
Es probable muchos de los estudiantes aquí presentes terminen uniéndose a nuestras filas; otros contribuirán con análisis y reflexiones sobre la realidad internacional, debates que el Itamaraty siempre acompaña con mucho interés. Además de ser una oportunidad más para dar continuidad al diálogo con la académia, esta conferencia no deja de ser, también, una expresión del reconocimiento del Itamaraty por lo mucho que nos hemos beneficiado del desarrollo de estudios de relaciones internacionales en Brasil.
El tema de esta XX ENERI –"Los Desafíos de la Multipolaridad"– no podía ser más apropiado. No sólo porque el poder mundial viene transformándose significativamente en las últimas décadas; o porque deseamos que la conformación de la multipolaridad se vea reflejada cada vez más en el fortalecimiento del multilateralismo. El tema es crucial para nosotros, sobre todo porque Brasil es uno de los protagonistas en este proceso gradual de desconcentración del poder global y de la necesaria actualización del orden internacional a las nuevas realidades y a los nuevos desafíos que de ellas derivan.
En el caso de que se mantengan las características actuales del proceso de formación de un sistema multipolar, esta será la primera multipolaridad verdaderamente global de la historia moderna –con la existencia de varios polos significativos de poder más allá del eje del Atlántico Norte, a diferencia de lo sucedido a lo largo de los últimos 500 años de expansión del sistema internacional.
Lo que caracteriza a esta nueva multipolaridad es la mayor diversidad histórica y de niveles de desarrollo entre los actores involucrados; su mayor dispersión geográfica en el mundo; y la importancia del peso regional de los principales actores. También se destaca la centralidad de la geografía, ya que muchos de los nuevos actores son países de dimensiones continentales con grandes poblaciones. Junto a las potencias tradicionales del Norte global, desde los Estados Unidos hasta Japón, pasando por los países de Europa Occidental y Rusia, países emergentes como Brasil, China, India y Sudáfrica, ahora están llamados a desempeñarse como actores centrales en las cuestiones geoeconómicas y geopolíticas mundiales.
Los extraordinarios avances en nuestro País en las últimas décadas han fortalecido nuestras credenciales como sociedad moderna, democrática, pacífica y multiétnica, ubicada entre las economías más grandes del mundo, socialmente más justa y que confía en su futuro.
Combinado con el trabajo profesional de generaciones de diplomáticos, dicho progreso permitió que Brasil pudiera reforzar su capacidad de actuar con plena autonomía y desenvoltura en el desempeño de la política exterior. Nuestro peso económico, político y diplomático hace hoy inevitable una mayor presencia brasileña en el mundo. La cuestión y el desafío ahora consisten en utilizar ese nuevo estatus conquistado para intentar influenciar, en base a las aspiraciones e intereses del País, el proceso de conformación de un orden internacional adecuado a la nueva realidad mundial. La política exterior brasileña enfrenta hoy, por lo tanto, el desafío crucial de actuar en medio de un período de transición del orden internacional, en el que los contornos de la nueva realidad aún no están totalmente definidos y donde Brasil ya no puede ser un mero espectador, sino uno de los agentes principales en la definición de las reglas e instituciones del nuevo orden.
El desafío multipolar trae también una oportunidad para la diplomacia. En un pasado no muy lejano, después de décadas de bipolaridad paralizante, la unipolaridad se tradujo en unilateralismo, con la aplicación de sanciones y el uso de la fuerza como medios de transformación y reforma de la realidad internacional.
Tanto la bipolaridad como la unipolaridad fueron marcadas por la incredulidad en el diálogo y la diplomacia. El resultado fue el mantenimiento de un sistema internacional en el que algunas de las principales cuestiones que afectan a la paz y la seguridad mundial siguen sin solución, como fuentes permanentes de inestabilidad, década tras década. Es grave el déficit de la diplomacia en el mundo.
Si es innegable que estamos muy lejos del sueño kantiano de abolir el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, también es cierto que la sucesión de guerras de alcance mundial y sus efectos devastadores en el último siglo han reforzado nuestra conciencia colectiva sobre la necesidad de limitar su empleo y de aplicarla como último recurso. De ahí la necesaria limitación legal de que sólo sea empleada como defensa propia o bajo el amparo multilateral, por medio de la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Desafortunadamente, esto no siempre es así.
El mero uso de la fuerza nunca será capaz de solucionar las causas profundas de los conflictos. Otras medidas coercitivas, como las sanciones de alcance generalizado, a su vez, tienden a generar un sufrimiento indiscriminado de civiles y confían en el poder efímero de la imposición, con efectos a largo plazo que retroalimentan los conflictos. Soluciones duraderas para la paz y la seguridad internacional, objetivos que siempre motivaron la acción diplomática de Brasil, requieren capacidad de diálogo y negociación. Una búsqueda de soluciones a los problemas internacionales basada, desde el inicio, en el uso o la amenaza de uso de la fuerza y de sanciones tendrá resultados muy distintos de aquella que se paute en la diplomacia. Sin un papel central para la diplomacia, el sistema internacional seguirá viviendo un clima de irresolución permanente.
La situación en Medio Oriente ilustra esta realidad. Palestina, Iraq, Libia y Siria son ejemplos trágicos de desinversión en la diplomacia y de los límites de la fuerza como una herramienta para la superación de crisis o conflictos. El papel cumplido por las potencias tradicionales en la región se han caracterizado por optar por soluciones impuestas desde afuera, con el recurso frecuente, casi automático, a intervenciones militares o el apoyo a grupos y facciones en guerras civiles. Las consecuencias del vacío de poder político generado a raíz de la fuerza se dejan sentir aún hoy, con el ascenso de grupos radicales como el autodenominado "estado islámico", que nació y se fortaleció justamente en países que fueron víctimas de la intervención directa o presión externa. Con cada década que pasa, Medio Oriente enfrenta nuevas crisis de inestabilidad que afectan a la economía y la política internacional en su conjunto, y actores extrarregionales tienden a perpetuar y a agravar los conflictos en la región, en el afán de hacer avanzar sus intereses particulares e inmediatos.
En ese contexto, el intenso proceso de negociaciones y los avances finalmente logrados entre el P5+1 e Irán acerca del programa nuclear iraní constituyen una señal positiva y una apuesta a la diplomacia. Si ponemos lado a lado este acuerdo y el reciente acercamiento entre los EE.UU. y Cuba en nuestra propia región, talvez podamos creer que hay indicios importantes de que el diálogo y la negociación vuelven a ser valorados en esta transición progresiva hacia un mundo efectivamente multipolar. Brasil defiende hace tiempo esos caminos de negociación. En 2010, al lado de Turquía, Brasil demostró que el diálogo sí era posible con respecto a la cuestión nuclear iraní. En las últimas ediciones de las Cumbres de las Américas, hemos venido diciendo que deberían ser las "últimas sin la participación de Cuba". El Gobierno brasileño recibió con gran satisfacción la noticia de los avances logrados en ambos asuntos, en línea con lo que venimos defendiendo de manera constructiva y en varias ocasiones a lo largo de los años.
Es con este telón de fondo de las agudas transformaciones del sistema internacional que Brasil debe formular e implementar su acción exterior. Me gustaría destacar algunos ejes de la política exterior brasileña. Estos ejes ayudan a explicar el papel que Brasil aspira a desempeñar y los valores y principios que defiende en la conformación del orden internacional. Más que prepararse para una nueva multipolaridad del siglo XXI, la política exterior brasileña debe empeñarse en dar forma a un orden multipolar estable, que refleje nuestros intereses, valores y aspiraciones, en armonía con los intereses, valores y aspiraciones de los demás países.
Debemos trabajar para que la multipolaridad en formación se fundamente en un multilateralismo actualizado y fortalecido. En otras palabras, tratar de hacer la difusión progresiva del poder propia de la formación del sistema multipolar en una efectiva prevalencia de instituciones y normas multilaterales acordadas por todos.
Como la sociedad democrática y plural que somos y siempre deseamos ser, Brasil estimula y apoya un orden internacional que refleje esos mismos valores plurales y democráticos. Eso significa un orden abierto, inclusivo y participativo. También significa un orden comprometido con la prosperidad y la estabilidad, con el progreso económico asociado a la inclusión social.
Insistimos en un orden más equilibrado porque muchos de los males que nos enfrentamos hoy en día son el resultado de las asimetrías internacionales. Asimetrías en la estructura del comercio y la distribución de poder generan más pobreza, alimentando fenómenos que desbordan las fronteras nacionales, como el aumento de los flujos migratorios; el desplazamiento de poblaciones civiles, a veces con la desestructuración de sociedades enteras; y la proliferación de extremismos de varios matices.
Esos problemas se ven agravados por la incapacidad de reconocer que los determinantes más profundos de esas disparidades están justamente en la exclusión social, que genera violencia y fragiliza a la democracia, y en los obstáculos para que los países más pobres se inserten de manera competitiva en el mundo.
Detrás de la labor diplomática de construir el orden internacional, tenemos el reto de posicionar correctamente a Brasil en el contexto de las tendencias geopolíticas y geoeconómicas, a fin de asegurar nuestra influencia y nuestro papel en América del Sur y en el mundo.
Hace pocos días en el Congreso Nacional afirmé que la ideología de la política exterior de Brasil es el interés nacional. Nuestro proyecto permanente es la proyección internacional de Brasil con base en la identificación y la defensa de nuestros intereses y de nuestros valores.
La Presidenta Dilma Rousseff ha tratado de dotar a la política exterior de un sentido estratégico y pragmático.
Al percibir las relaciones exteriores como un componente importante para la prosperidad del País, nuestra acción diplomática busca actuar en la promoción de nuestros objetivos y en la construcción de las condiciones externas indispensables al logro de nuestro proyecto nacional.
Y ese proyecto no es otro sino el desarrollo económico, social, cultural y político-institucional de Brasil.
La diplomacia es un instrumento esencialmente político.
Nos interesan, por lo tanto, el diálogo y la concertación política en todas las regiones del mundo; la presencia efectiva en otros países y la influencia ante sus gobiernos y sociedades; la profundización de las relaciones comerciales, tecnológicas y de inversiones para el beneficio del País; el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional; la construcción de reglas internacionales; y el funcionamiento de instituciones multilaterales fortalecidas y reformadas en línea con nuestros objetivos.
Nuestros intereses son geográficamente globales; nuestras preocupaciones, temáticamente universales. De esa manera, nuestras relaciones, elecciones y acciones externas desconocen exclusivismos.
En ese marco global de nuestros intereses, me gustaría destacar algunas líneas prioritarias para la política exterior brasileña.
Sigue siendo un objetivo central de Brasil el fortalecimiento de la integración en América del Sur, contribuyendo a la formación de un espacio regional de paz y prosperidad. América del Sur es nuestra circunstancia inmediata y, felizmente, el lugar donde la tradición de paz de la diplomacia brasileña se materializa con mayor significado.
Los casi 150 años de paz ininterrumpida que Brasil disfruta en América del Sur, no obstante la extensión continental de nuestra frontera de 17.000 km con 10 vecinos, no es fruto del azar. Es el resultado de nuestra convicción de que el diálogo político y diplomático es la mejor manera no sólo de resolver conflictos, sino, ante todo, de prevenirlos.
La inversión en el diálogo respetuoso y en la convivencia armoniosa con los países de nuestra región le otorga a Brasil el raro privilegio de ser, entre los países de mayor peso económico y político en el mundo, uno de los pocos que no enfrentan rivalidades o conflictos regionales.
La economía brasileña está, en parte, asociada al proceso de integración en América del Sur y será favorecida por el fortalecimiento del MERCOSUR como instrumento de promoción de la prosperidad de sus miembros, pero también como un efectivo instrumento político-diplomático, calcado en su experiencia histórica original, como plataforma para la construcción de confianza entre sus miembros.
Siempre es importante recordar que, desde la creación del MERCOSUR, en 1991, el comercio entre nuestros países creció más de doce veces, saltando de US$ 4,5 mil millones en aquel año a US$ 59,3 mil millones en 2013.
En el mismo período el comercio mundial creció cinco veces.
Nuestro comercio en el MERCOSUR está marcado por un fuerte intercambio de bienes de alto valor agregado, que generan en Brasil empleos de calidad y sueldos superiores al promedio de los demás sectores de producción del País.
La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), habiéndose consolidado como el principal organismo de concertación sudamericana, ha logrado soluciones propias a los problemas y desafíos de la región, incluso para el fortalecimiento de la democracia y de la estabilidad política.
La actuación diplomática brasileña en favor de la recomposición del diálogo entre el Gobierno y la oposición en Venezuela atiende al interés de prevenir la inestabilidad en un país que es, al mismo tiempo, vecino, socio comercial e interlocutor político de Brasil en los mecanismos de integración como la UNASUR.
Los esfuerzos por la paz y la prosperidad en nuestra región traen ventajas. Participé junto a la Presidenta Dilma Roussef de la última Cumbre de las Américas, en Panamá, hace pocas semanas. El clima de distensión en el hemisferio que pude presenciar es prometedor. La reaproximación entre Cuba y EEUU constituye un hito histórico positivo. El interés de todos los países del hemisferio de buscar soluciones políticas y diplomáticas seguramente contribuye a que tengamos una región libre de amenazas a la paz y a la seguridad internacional. La creación de este ambiente internacional propicio a la integración económica –algo intangible a primera vista, aunque vital– está vinculado necesariamente a la actividad diplomática.
Deseamos profundizar nuestras relaciones estratégicas globales. El Itamaraty busca consolidar su presencia expresiva en otros países y su influencia ante gobiernos y sociedades, reforzando alianzas estratégicas en los cinco continentes.
Los lazos con mercados desarrollados, como Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, entre otros, siguen siendo esenciales para promover avances económicos, tecnológicos y educacionales para Brasil.
La relación con los EEUU, nuestro tradicional socio político y económico, debe profundizarse con una concertación política y económica mutuamente benéfica.
Queremos una relación pragmática en la obtención de resultados concretos y respetuosa en las diferencias. La Presidenta Dilma Rousseff y el Presidente Barack Obama se reunieron al margen de la Cumbre de las Américas. La Presidenta Dilma aceptó la invitación para realizar una visita oficial a los EEUU el 30 de junio próximo. Es un paso crucial para poder avanzar en relaciones históricas de mayor importancia y para mejor aprovechar el potencial de los beneficios de una buena relación entre las dos economías y democracias más grandes del hemisferio.
Brasil busca también busca consolidar su alianza estratégica global con China y profundizar sus relaciones con los demás países de Asia, que sigue siendo la región de más dinamismo económico en el planeta.
Compartimos con India desafíos y horizontes diplomáticos comunes que nos unen. Tenemos en Rusia a un socio estratégico en favor de un orden multipolar y equilibrado.
Deseamos relaciones aún más profundas con los países de África y de Medio Oriente. He buscado subrayar, en palabras y acciones, la indicación inequívoca del puesto de destaque que África ocupa en nuestra política exterior. Compartimos con África parte importante de nuestra identidad, historia y cultura. En marzo realicé mi primer periplo africano y visité algunos de los países con los cuales mantenemos relaciones estratégicas: Angola, Ghana, Mozambique y Santo Tomé y Príncipe. Noté un extraordinario interés en profundizar la relación política y económica con Brasil y una extraordinaria demanda de iniciativas de cooperación en áreas como agricultura, biotecnología y salud.
Deseamos ver reforzada la actuación de la diplomacia económica de Brasil. El Itamaraty y su red de puestos en el exterior buscan desempeñarse, siempre en coordinación con el sector privado nacional, para expandir nuestra red de comercio e inversiones. Queremos ampliar nuestro acceso a mercados tradicionales y explorar nuevos mercados emergentes, con el objetivo de auxiliar en la conformación de una pauta exportadora amplia y diversificada.
Buscamos también reforzar el multilateralismo económico y comercial. El Gobierno brasileño quiere resultados efectivos y equilibrados en el ámbito de la Ronda de Doha de la OMC, especialmente en cuanto a la reforma en las reglas del comercio agrícola internacional y en cuanto al fortalecimiento del sistema multilateral del comercio.
Buscamos resultados también en las negociaciones comerciales externas del MERCOSUR, entre las cuales se destaca el acuerdo con la Unión Europea. Y trabajamos para mejorar la coordinación entre el MERCOSUR y la Alianza del Pacífico.
En el ámbito financiero, el Itamaraty sigue defendiendo la reforma de las instituciones de Bretton Woods y la conformación de nuevos arreglos financieros, como el Nuevo Banco de Desarrollo y el Arreglo de Reservas de Contingencia de los BRICS. Creados en la Cumbre de los BRICS de Fortaleza en 2014, estas dos instituciones están en etapa de implementación. El Banco gestionará recursos del orden de US$ 100 mil millones para inversiones en infraestructura, y el Arreglo de Contingencia auxiliará en la estabilidad financiera, asegurando liquidez a sus miembros. Asimismo, Brasil adhirió, como miembro fundador, al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB), iniciativa que también auxiliará en proyectos de desarrollo de interés brasileño en Asia. Son iniciativas innovadoras que complementarán las instituciones multilaterales existentes y ayudarán a perfeccionar la geoeconomía de flujos de inversiones.
Nuestra política exterior busca asimismo reformar y reforzar las estructuras de gobernanza global. Brasil tiene un interés central en la preservación, pero también en la reforma y en la actualización de las instancias de gobernanza global. El sistema necesita reflejar las realidades del mundo contemporáneo, especialmente en áreas sensibles como economía internacional y paz y seguridad internacional. La diplomacia brasileña continúa defendiendo los avances concretos hacia la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, tema que esperamos pueda avanzar en el contexto del 70º aniversario de la ONU, que celebramos en 2015, al mismo tiempo que defiende la reforma del sistema de cuotas del FMI, apoya la actuación del G-20 y trabaja para el fortalecimiento de la OMC.
Por último, pero no menos importante, nuestra política consular debe profundizar su renovación y refuerzo a fin de velar por el bienestar de los cuidados brasileños en el exterior, que allí están en carácter permanente o temporario. Con el aumento de la presencia de brasileños en el exterior a lo largo de las últimas décadas, esta nueva realidad demanda una atención muy especial por parte del Itamaraty.
Todas esas prioridades de la política exterior apuntan hacia una misma dirección: la necesidad de crear las condiciones en los planos bilateral, regional y multilateral para la construcción y promoción de relaciones intensas y cooperativas con los socios de Brasil en todos los cuadrantes del globo, a fin de que podamos cosechar beneficios para nuestro desarrollo. El fundamento para tal propósito, por el cual Brasil tanto lucha, es la preservación de la paz y de la estabilidad en el mundo. No hay prosperidad ni desarrollo en medio a la inseguridad de las normas, a la inestabilidad política y a la recurrencia del conflicto.
Para concluir, creo que es importante reiterar que el Itamaraty tiene el compromiso de reforzar su diálogo con los diversos sectores de la sociedad civil. Nuestra interacción con la academia, con el sector privado, con las organizaciones no gubernamentales y con las diferentes entidades de clase enriquece y orienta nuestra actuación externa. La sociedad brasileña es compleja y diversificada, resultando en una pujante democracia hoy respetada en todo el planeta. Nuestra obligación es valorar ese patrimonio que tanto contribuye para fortalecer nuestra imagen en el mundo.
Con esta visión panorámica de nuestros ejes prioritarios de acción, no podría dejar de observar que es función de la diplomacia la necesidad permanente de reflexión y acción. En momentos de profundas transformaciones del sistema internacional, el rol de la academia de relaciones internacionales de auxiliar en el trabajo de reflexión es algo que sólo puede crecer en importancia.
De ahí el valor de eventos como este, que nos ayudan a pensar el mundo multipolar y sus desafíos. Entre ellos el desafío central de la fusión entre el conocimiento y la acción, tarea que nos une como ciudadanos brasileños en la construcción del mundo que deseamos.
Muchas gracias.