Discurso del presidente Lula en la presentación del Pacto Brasil para Hacer Frente al Feminicidio
Bueno, antes de nada, me gustaría comunicar una buena noticia que tuvo lugar la semana pasada. Por primera vez, el Gobierno ha iniciado un proceso para castigar a las personas que han cometido delitos de violencia contra las mujeres. Se trata de un procedimiento de naturaleza económica que obliga al agresor a pagar la pensión de alimentos del hijo hasta que este cumpla los 21 años. No es la primera vez que se inicia un proceso de este tipo, pero sí la primera vez que el Gobierno asume la responsabilidad de reclamar una sanción económica. Gracias a Dios, el Juzgado Segundo Federal de Marília (São Paulo) dio la victoria a la Abogacía General de la Unión.
Es un buen comienzo, ya que en este país hubo un senador muy importante de São Paulo, que fue gobernador y que muchos de ustedes conocieron: el senador Franco Montoro, que decía que el problema de Brasil era que había leyes que se cumplían y leyes que no se cumplían. Y si hay leyes que se cumplen y leyes que no se cumplen, es que hay algo que está fallando en esta Hoja de Ruta para castigar a los agresores de mujeres. Así que, querido Benjamin Herman [Herman Benjamin, presidente del Tribunal Superior de Justicia], vamos a averiguar dónde está la falla de esta Hoja de Ruta que hace que haya personas que cometan delitos pensando que no serán castigadas.
Mis estimados compañeros, compañeras, mi querida compañera Janja [Lula da Silva, primera dama], me veo en la obligación de expresar públicamente mi agradecimiento por haberme alertado tantas veces sobre la gravedad de la violencia contra las mujeres.
Mi estimado presidente del Senado, Davi Alcolumbre; mi estimado Hugo Motta, presidente de la Cámara; mi estimado Edson Fachin, presidente de la Suprema Corte; mi estimado compañero Alckmin [Geraldo], vicepresidente de la República; Rui Costa [ministro de la Casa Civil], Gleisi Hoffmann [ministra de la Secretaría de Relaciones Institucionales]; Márcia [Lopes, ministra de la Mujer]; ministros e invitados aquí presentes, presidente de la Central Única de los Trabajadores - CUT [Sérgio Nobre], representante del movimiento sindical; nuestro fiscal general de la República [Paulo Gounet], nuestro defensor general de la República [Leonardo Magalhães]... la lista es muy larga y no voy a poder leer aquí tres páginas para dar las gracias a todos los diputados, a todas las senadoras y a las personalidades que están aquí.
En primer lugar, me gustaría decirle a la prensa que la fotografía que se está tomando hoy es muy importante. No sé cuántas veces en la historia de la humanidad se ha producido un acontecimiento en el que los tres poderes de la República y todas las instituciones democráticas se hayan unido para alertar a la sociedad sobre el problema que estamos viviendo.
Y, al mismo tiempo, esta fotografía muestra que no es la primera vez que se realiza una acción en defensa de las mujeres, ya que ustedes están cansadas de hacer marchas, están cansadas de hacer reuniones, están cansadas de reivindicar proyectos de ley. Entonces, ¿qué tiene de nuevo este acto? Que, por primera vez, los hombres están asumiendo la responsabilidad de que la lucha por la defensa de la mujer no es solo de la mujer, sino también del agresor, que es el hombre. Lo que estamos diciendo aquí al movimiento sindical brasileño es que este es un tema que debe tratarse en las fábricas. Es un tema que debe tratarse en las asambleas de trabajadores. Lo que les estamos diciendo a los diputados y diputadas es que este es un tema que debe tratarse en todos sus discursos, no solo en el Día Internacional de la Mujer o en una marcha de mujeres.
Hay que recordar que, cuando hablamos, estamos tratando de concientizar a un niño. Hay que decirles a nuestros profesores que este es un tema que se trabaja desde la guardería hasta la universidad. Debemos asegurarnos de que, cuando un joven se gradúe como doctor en una universidad, sea cual sea su título, también puede ser un doctor en respeto hacia la mujer, los derechos humanos y la ciudadanía. De eso es de lo que estamos hablando. Si un niño de seis años se une a un equipo de fútbol para convertirse en un jugador famoso, hay que prepararlo para que, cuando sea famoso, no cometa las tonterías que algunos atletas brasileños creen que pueden hacer porque tienen dinero.
De lo que estamos hablando es de la posibilidad de crear una nueva civilización. Una civilización de iguales. Una civilización en la que no sea el sexo lo que marque la diferencia, sino el comportamiento y el respeto. Por lo tanto, mi querido gobernador del estado de Piauí [Rafael Fonteles] esta foto simboliza posiblemente la primera ocasión en la que los hombres estamos aquí junto a nuestras compañeras diciendo: "La lucha no es solo de ustedes". La lucha no se resuelve con una ley. La lucha solo termina cuando toda la sociedad, hombres y mujeres, persigue indefinidamente el castigo.
Para que nunca más un hombre se atreva a convertir a su compañera en su esclava por un plato de comida, a tratarla como si fuera su dueño, como si fuera de su propiedad. Porque queremos que nuestras compañeras comprendan cuando llegamos tarde a casa por la noche, pero los hombres no soportan que las mujeres lleguen cinco minutos tarde. Queremos que las mujeres comprendan cuando vamos a jugar al fútbol con nuestros amigos, cuando hacemos cualquier otra cosa, cuando llegamos a casa y nos tomamos un whisky o un vino de más, queremos que lo comprendan, pero nosotros no comprendemos que la mujer llegue media hora tarde y diga: "He ido a comer una pizza con mis amigas". Queremos ir a una fiesta solos, pero no entendemos cuando la mujer dice: "Yo también quiero ir a una fiesta y no quiero ir contigo, quiero ir con mis amigas". Creemos que los hombres pueden vestirse como quieran, pero las mujeres tienen que vestirse como ellos quieran.
Esto solo terminará con mucha política, con mucha concientización, y eso es lo que dice este movimiento. Eso es lo que digo, mi estimado presidente de la Corte Suprema, mi estimado presidente del Senado, mi estimado presidente de la Cámara, ministros, diputados y senadores, mi estimado fiscal general de la República y defensor, mis estimados representantes de los movimientos sociales. Lo que estamos diciendo es que hoy, en este país, comenzamos una nueva era en la relación entre hombres y mujeres. Entre personas civilizadas o no, entre personas que respetan o no.
Y en esto tenemos que ser muy duros. Por eso, empecé dándole las gracias a mi mujer, porque, si no fuera por ella, que me recuerda cada día que esto es anormal, posiblemente nos contentaríamos con escribir una nota solidaria con las marchas de las mujeres, como casi todos los hombres.
Hoy estamos diciendo: no queremos escribir una nota. Lo que queremos es ser aliados para mejorar la sociedad brasileña y, posiblemente, la humanidad, porque este gesto trasciende las fronteras de Brasil.
Estimadas amigas y estimados amigos,
En Brasil, cada día cuatro mujeres son víctimas de feminicidio. Esto significa que cada seis horas una mujer es asesinada por el simple hecho de ser mujer. Significa que, desde que salimos de casa esta mañana hasta ahora, una mujer ha visto su vida truncada de forma violenta.
Solo por el hecho de ser mujer.
Una querida amiga, una compañera, una vecina que trabajaba dos turnos para alimentar a sus hijos. Una mujer, una niña, una adolescente.
Según una encuesta realizada por el Senado, el 27 % de las mujeres brasileñas declararon haber sufrido algún tipo de violencia doméstica o familiar en 2025.
En este preciso momento, mientras firmamos este Pacto, una mujer está siendo agredida. Con bofetadas, puñetazos, patadas, asfixia, golpes, tirones de pelo, puntapiés e insultos.
Son arrastradas por automóviles, golpeadas contra el asfalto, desfiguradas ante las cámaras de los ascensores.
Tantas Tainaras, Fernandas, Catarinas, Ritas, Marias, Alanes, Laíses...
Mujeres a las que se les impide vivir por el simple hecho de ser mujeres.
Por decir "no" a una relación.
Por ejercer su derecho a decidir sobre sus propias vidas y reconfigurar los caminos que ya no les sirven. El feminicidio desafía las estructuras de prevención y lucha, y está aumentando de forma alarmante en el país.
Es inaceptable que las mujeres sigan siendo golpeadas y asesinadas a diario ante la mirada de una sociedad que peca por omisión.
Una sociedad que calla ante escenas cotidianas de abuso y violencia.
Es necesario dejar muy claro que cualquier señal de maltrato en la calle, gritos en el vecindario, abusos o intolerancia en el entorno laboral son inaceptables. Cada gesto de violencia es un feminicidio anunciado.
No podemos callarnos. No podemos seguir siendo omisos, fingiendo que no tenemos nada que ver con eso, que en las peleas entre marido y mujer no hay que meterse. Porque sí que tenemos que meternos, y lo haremos.
Estimadas amigas y estimados amigos,
El Pacto que firmamos hoy debe ir más allá de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
La lucha contra el feminicidio y todas las formas de violencia contra las mujeres debe ser responsabilidad de toda la sociedad.
Pero, sobre todo, y especialmente, de los hombres.
No basta con no ser un agresor. También es necesario luchar para que no haya más agresiones.
Cada hombre de este país tiene una misión que cumplir.
Debemos hablar con nuestros amigos, primos, tíos, vecinos, compañeros de trabajo, compañeros de bar y compañeros de fútbol. No podemos ser omisos.
Desde el poder público, vamos a mejorar los instrumentos de protección, prevención y acogida.
Como hombres, vamos a desmantelar, ladrillo a ladrillo, esa cultura machista que nos avergüenza a todos.
Es necesario castigar de manera ejemplar a los agresores. Pero también hay que educar a los niños y concientizar a los jóvenes y a los adultos. Hay que hacerles comprender la gravedad del delito que cometen. Nada, absolutamente nada, justifica la violencia contra las niñas y las mujeres, ni en la vida real ni en la vida digital.
Estimadas amigas y estimados amigos,
Sabemos que el entorno doméstico es el escenario de muchos de estos actos violentos.
La mayoría de las mujeres víctimas de feminicidio mueren a manos de sus maridos, exmaridos o exnovios. Pero también mueren a manos de desconocidos con los que se cruzan por la calle.
De hombres que no aceptan que las mujeres sean sus jefas. A estos hombres hay que decirles alto y claro:
Las mujeres están conquistando cada vez más puestos de liderazgo en el mercado laboral.
Y conquistarán aún más, por justicia y por mérito.
El lugar de la mujer es donde ella quiera estar.
Es inadmisible que, mientras fortalecemos los instrumentos de protección, como la Ley “Maria da Penha” y la Ley del Feminicidio, los hombres sigan agrediendo y asesinando a las mujeres.
Hubo un tiempo en que la defensa del honor justificaba la violencia contra las mujeres. Los celos ya no son una justificación.
Nunca deberían haberlo sido. Sin embargo, siguen siendo uno de los principales argumentos utilizados por los asesinos en su propia defensa.
Entretanto, algunas redes digitales enseñan a los niños y adolescentes del sexo masculino a odiar a las mujeres.
Las plataformas digitales ya no pueden ser utilizadas por delincuentes que captan a niñas, cometen todo tipo de abusos contra ellas, las incitan a la autolesión y, a menudo, al suicidio.
Cambiar esta realidad depende de cada hombre.
Hay que dar la vuelta a esta situación.
Tenemos que conseguir que las mujeres se sientan protegidas, libres y seguras.
Ya sea en Internet, en el ámbito doméstico, en la calle, en el lugar de trabajo, en cualquier lugar, en cualquier momento.
Vestida con la ropa que más feliz la haga. En compañía de quien ella quiera.
La seguridad de las niñas y las mujeres es una condición necesaria para la evolución de nuestra sociedad y para el pleno ejercicio de la democracia.
A menudo, cansados de tanta barbarie, llegamos a pensar que la lucha está perdida. Que nuestros enemigos son mayoría. Que el mal ha vencido.
No es cierto.
Somos muchos. Y estamos hechos para el amor, no para el odio. Estamos hechos para la alegría, no para el miedo. Estamos hechos para el abrazo, no para la violencia.
Juntos podemos construir un mundo más humanista, fraternal y afectuoso.
La responsabilidad es nuestra, ¡manos a la obra!
Muchas gracias.